Capítulo 7: La búsqueda-pérdida.

"La justicia sin fuerza es impotente; y la fuerza sin justicia es tiránica." Blaise Pascal.

Las tres últimas clases del viernes fueron una tortura. Pero bueno,¿A quién no le han parecido una tortura? Ese momento en el que dices: Tres horas y seré libre al menos dos días. Es más cuando salí, no esperé que Med y Anabel me saludaran: Cogí los libros, los guardé todo lo rápido que pude y corrí hacia la libertad del fin de semana... ¡Y que fin de semana!: Nausi había faltado a clases solo para ir a casa de unos compañeros a preparar una barbacoa esta noche, habría música, piscina climatizada y comida. Así que cuando llegué a casa y pregunté por Nausi no obtuve respuesta.
Mi madre se limito a hacer una mueca con la boca mientras se limpiaba las manos con un trapo.
-Ni idea, salió a comparar el pan. Eso es lo único que te puedo decir.-Tras eso se volvió de nuevo hacia los fogones y se puso manos a la obra. Como era de esperar, no puse la mesa.
Subí a mi cuarto donde había dejado la mochila en la silla de mi escritorio y el libro misterioso en el sillón de piel vuelta. No era tan grande como el otro ejemplar que me ofreció la bibliotecaria el primer día, pero los mismos años que tenía uno, tenía el otro. Una vez mi madre me dijo que los libros que más te hacen pensar son los mejores. Yo creo que los libros que más te hacen pensar, solo hacen que te duela la cabeza y los brazos, ya que normalmente son los más grandes y pesados. También me dijo que cuando los dioses pintaron el mundo, utilizaron el mismo pincel para pintar las margaritas y los ojos de Nausi: eran tan amarillos que a veces daban miedo. En cuanto a los míos se quedaban atrás igual que el resto de mi cuerpo. “Del montón” me habían definido.
Cuando mi padre murió, apenas tenía seis meses. Su muerte no llegó a mí hasta los doce años, hasta entonces había crecido sin padre. Pero no me molestaba, había tenido todo los que una niña quería: A los seis años tuve mi primer pony, me lo compró el señor Iulius por mi cumpleaños. Nausi ya tenía dos y un establo, así que no importó añadir uno más a su colección.  A los Ocho años mi madre me llevo por primera vez a la feria de East Coast, comí tanto regaliz y tanto algodón de azúcar que no probé bocado en toda una semana. A los doce tuve mi primer novio, sí, de esos que le das la mano y ya sois una pareja. A los catorce ya había tenido al menos cinco noviazgos y todos habían durado una media de 15 días. Era feliz, fue la época donde ignoraba lo que podría suponer hacerse mayor, porque simplemente creía serlo ya. Ahora a los casi diecisiete me veo en una pequeña crisis de baja autoestima. Pero antes o después hay que madurara y espero que sea antes.
Sentada en frente del ordenador pienso que hacer. La curiosidad me consume, necesito abrir el libro, pero ya se sabe lo que dicen ¿no?:
<<La curiosidad mató al gato>>
Me resisto, enciendo el portátil y guardo el libro en la estantería superior del armario. El cielo de febrero siempre es igual, no hay nubes, solo una gran neblina que hace que el celeste se convierta en gris. Acompasado siempre por el sonido de la lluvia, que ahora cae tan fuerte que parece que quisiera romper el asfalto de la carretera. Espero con la cara apoyada en mi puño a que el ordenador inicie sesión. Mientras escucho el ruido de platos y sartenes en la cocina, abajo. El señor Iulius debe de estar esperando visitas, y como siempre que espera visitas, nosotros debemos mantenernos fuera del perímetro del comedor. Siempre dice que es una comida de trabajo, pero eso se suele hacer en un restaurante. Claro, no estoy diciendo que mi madre no cocine lo suficientemente bien, porque si hay algo que mi madre sabe hacer bien, es cocinar. Por fin el ordenador da señales de vida. Inicio sesión en el correo y dejo que mis nuevos E-mail se actualicen. Mientras voy al cuarto de Nausi y cojo el libro del primer día, lo deje en su cuarto por que Nausi quería leérselo, pero yo sabía que no abriría ni la primera página. Cuando regreso dejo caer el libro en la cama, es tan pesado que hace que rebote en el colchón. Ya hay dos ventanitas en naranja en la barra inferior del ordenador y me dispongo ha abrirlas. Una es de Anabel:
-Donde te has metido?
-He tenido que hacer un mandado.
-Te has perdido el examen sorpresa del de Historia.
-Mira que lástima.
-Ya ves, no vienes?
-Ir? Dónde?
-A la barbacoa.
-Que va, tengo que estudiar.
-Ahora, por la noche? A ti te falla algo ahí arriba.
-Puede, pero tengo que cubrir también a Nausi.
-Nausi va?
-Ya está allí.
-Bueno, pues nos vemos mojigata, estás invitada de todas formas.
-Adiós tonta.
<< Anabel acaba de cerrar sesión>>
Tras el insulto <<mojigata>> se despide nuestra conversación. Estoy de los nervios, no sé si es por el insulto, por el libro o por tener que escuchar el molesto sonido que da señal de que me están hablando. La otra ventanita no para de ponerse en naranja, ni siquiera me he fijado quien es. Abro la ventana. Ya se ha desconectado.
-Se lo has contado a Nausi?,- Eooo!,- Bueno, nos vemos en la barbacoa.
Un tal Alex que me habla sobre Nausi, que lástima, seguro que tiene amargado a éste también. La ira me está subiendo como la espuma de champán. Siempre he tenido que servirle de tapadera a Nausi, desde los once años que ella se iba al parque de al lado y me decía que le dijera a su padre que estaba estudiando en casa de Med. Era hora de cambiar. Esa niña pequeña que cumplía todas las normas, comía todo lo que le pusiesen por delante y hacía de tapadera a su mejor amiga, ha crecido.
Ya no soy una mocosa.
Cierro el correo y apago el ordenador. Del libro que pensaba acabarlo esta noche ya solo queda una idea lejana. Ahora me concentro en vestirme, coger un bolso y salir, sin que nadie me vea, de aquí. Giro el picaporte de mi cuarto, atravieso el pasillo, bajo las escaleras y abro la puerta trasera. En dos minutos estoy en la oscuridad más inmensa que he visto, el jardín posterior de la mansión Iulius no era nada parecido al delantero. Me paro en el umbral de la casa. Es algo parecido a un bosque, casi no me creía que hubiera dejado de llover. Era increíble que detrás de tantos árboles hubiera casas. Una colina hacia abajo, un pequeño pozo en el centro de columnas de arbustos. El absoluto silencio, la penumbra, la hierba mojada que la lluvia había dejado. Todo parecía mucho más diferente de noche que de día. Piso el césped con la botas de cuero que he cogido “Prestadas” a Nausi. Cruzo los brazos sobre el pecho para calentarme y procedo ha andar colina abajo. Me ladeo, me tuerzo los tobillos, me mancho de barro. Esta fuga no estaba prevista y no está saliendo muy bien. Cuando llego al pequeño jardín lleno de arbustos, rosales, azucenas y banquitos, me siento en uno para retomar el aire. En el centro de éste está el pozo. No se usa desde hace más de siglo y medio. El silbido sordo del aire me revuelve los pelos, por fin me he dignado a soltármelos y no estoy muy satisfecha de ello. Una nube se aproxima y amenaza con atacarme llenándome de agua. Retomo el camino cuesta abajo donde ramas y troncos crujen bajo mis pies. Llego a mala pena hasta la acera y me siento en ella. Cojo el movil y llamo a Med.
Tres pitidos y da señales de vida.
-Estoy conduciendo.
-Perfecto, pues parate en Hope Street.
-Está bien, estoy ya en la rotonda para llegar.
-Vale, te espero.
-Ya te veo.-Dice y tras eso cuelga. Dos luces parpadean más de dos veces como si el coche guiñara los ojos. Es Med. Detiene su todo terreno frente a mí.
-¿Al final te has decidido a venir eh?
-Solo voy a recoger a Nausi.
-La fiesta acaba de empezar.-Dice mirando a ambos lados de la carretera y poniéndose en marcha.
-Sí, pero Nausi lleva desde por la mañana metida en esa casa.
-Ya me imagino lo que estará haciendo.-Dice mientras me pongo el cinturón.- También está Justin.- Dice tras varios segundos en silencio. No me había parado a pensar en ese tema, pero sin duda es algo que influirá la noche.
-Me da igual Justin.
-Vale, pero recuerda que también estará lindsay.
-La reina de las abejas.-Reímos juntas.
-¿Qué harás si tu madre te pilla?
-No lo hará, está demasiado ocupada haciendo de comer.
La circunvalación que lleva a la fiesta está algo alejada del centro de la ciudad, las pocas farolas que iluminan la calle hacen que no podamos ver las estrellas y eso me recuerda al día en el que adoptamos a Líala.
Era doce de octubre. Yo apenas tenía ocho años y estaba deseando tener una hermanita. Me gustaba cuando las mamás tenían la barriguita muy gorda y si te acercabas podías sentir como dentro algo se movía. También me gustaba preparar el cuarto para la recién llegada, eso de pintar todas las paredes de rosa llenas de ositos o conejitos. Había esperado ese momento ocho años. Pero para mi sorpresa, mi madre no engordó, ni tampoco pintamos el cuarto. Tras dos meses de dudas, accedimos a adoptar una pequeña de origen alemán. Cuando llegamos al centro de adopción, mi madre ni siquiera preguntó por la raza, escogió la primera criatura que se le posó en los ojos. Líala. Así quiso que se llamara. Un terremoto, un torbellino de colores, de emociones. No había quien la parara, saltaba en la cuna y lloraba todas las noches. Por aquel entonces solo tenía doce meses, y yo, ya estaba empezando ha estar harta de la recién llegada.
Después de un largo trayecto de carretera, Med detiene su todo terreno frente a una casa iluminada donde resuena la música por los altavoces que están colgados cada uno de una esquina de la casa. Una morada blanca como la nieve con cristaleras a ambos lados que parecían ojos. Salgo del coche y sigo a Med por el patio. A pesar de los dos grados que hacían, la gente sudaba, algunos estaban en la piscina, otros en jacuzzis y otros en el porche bailando al ritmo de Jay-z. Había gente tan pegada a otra que parecían una sola. Med me tenía cogida de la mano y se movía de un lado a otro bailando. Su mano se escurrió de la mía y yo me descubrí entre la multitud buscando un sitio donde no hubiera gente. Las chicas iban vestidas de gala, algunas ya llevaban los tacones en las manos, otras iban mojadas enteras. La gente me pisaba los pies y algunos se giraban para mirarme sorprendida. Yanet: La chica que aunque vive mejor que nadie y va en limusina al instituto, no sale de fiestas. Y ahora, está aquí, en la barbacoa más cutre que ha visto. Me giro buscando a Med, pero he caminado demasiado y ya no la veo. Delante de mí está la puerta de la casa. Salgo a codazos y empujones y cuando me veo en las escaleras del porche me entran ganas de llorar de alegría. Subo de dos en dos las escaleras y entro en la casa. La música disminuye allí y se crea un ambiente hasta relajante. El hall es amplio, con mesitas y jarrones con flores de decoración, cuadros en las paredes y un suelo de parqué recién encerado. Las escaleras están en mitad del pasillo y son también de madera. Una alfombra se topa con mis pies y me siento como si estuviera de nuevo en mi antigua casa. Esa que compartí con mi madre durante más de siete años y de la que tengo tantos buenos recuerdos: El olor a bizcocho todas las primaveras y los inviernos, los regalos humildes de papá Noel, el resonar de los pasos descalzos en la caliente madera, la chimenea antigua que calentaba más que todas las de la mansión Iulius y también la alfombra que poníamos todos los inviernos debajo de la mesita del salón y donde me tiraba ha hacer los deberes. Realmente esa casa se parecía mucho a la mía.
Subo las escaleras y tras ellas, un pasillo largo que parecía no estar habitado, era el único punto de la casa donde no se oían voces, ni música, ni gritos. Se escuchaban cosas típicas de una casa: El grifo abierto con el agua corriendo, el tic tac del reloj, la cisterna de un retrete y el crujido de una puerta al abrirse. Entonces es cuando inconscientemente abro yo también otra puerta y miro hacia dentro. Un dormitorio en blanco, es decir, era todo blanco. La cama estaba perfectamente hecha, el escritorio perfectamente recogido, los cuadros perfectamente centrados. Era un dormitorio perfecto, de esos donde te levantas, abres la persiana y dejas que el olor a campo entre, los pájaros canten y la brisa corra.
-¿Tú también buscas un dormitorio?, Lo siento ese no puede ser.-Unos ojos azules aparecen detrás de mí.
-Estaba buscando el baño.
-No te había reconocido con el pelo suelto.-Dice.
-¿Esta es tu casa?-Le pregunto mientras cierro la puerta y camino por el pasillo.
-No, que va, pero es de un amigo y me tiene como guardia de seguridad.
-¿Tú?, ¿De guardia? Pero si no tienes nada.-Le digo tocándole el brazo, aunque sabía de sobra que sí tenía.
-Bueno, es que tú eres del FBI, hasta tanto no llego.-Sonrío y me vuelvo hacia él cuando se acaba el pasillo.-De todos modos no puedes entrar, están ocupadas.
-Ya te he dicho que no iba a entrar.
-¿No tienes ganas de fiesta?-Dice sentándose en la primera escalera.
-No suelo salir, digamos.-Digo haciendo lo propio.
-Yo tampoco tengo muchas ganas.- Un minuto de silencio.- ¿Quieres que veamos una película?
-¿Ahora?, ¿Dónde?
-En ese cuarto.-Dice señalando la puerta que entré antes.-Seguro que Justin nos lo deja, tiene proyector y la película la podemos elegir por Internet.-No me disgustaba la idea, pero tenía que encontrar a Nausi.
-¿Justin?, ¿Esta es su casa?
-Sí, te has puesto roja.-Dice sonriendo.
-¿Qué dices?, Anda, vamos a ver la jodida peli.-Le digo amarrándolo del brazo.-Pero solo si traes helado de caramelo.
-Vale, espera.
Abro la puerta de la habitación y enciendo la luz, luego cojo el ordenador e inicio sesión. Tras cinco minutos el chico aparece con dos cucharas en la mano y un bote lleno de helado de caramelo. También lleva una manta en el brazo colgada y cierra la puerta con un pie. Deja las cosas en el escritorio y se acerca para ver que película he elegido.
-No me lo puedo creer.
-Sí, es hora de llorar algo.
-Pero…
-Nada de peros.
-Está bien voy a por los pañuelitos.-Dice y deja la sala.
El niño con el pijama de rayas, me había leído el libro pero no había visto la película.
Aunque sabía que debería estar buscando a Nausi, no soportaba la idea de bajar de nuevo y encontrarme con el mismo estruendo. Además, así evitaba el encuentro con Justin.
-Oye… ¿Cómo te llamas?
-¿Estoy en tu clase y no sabes como me llamo?-Dice tumbándose en la cama.
-No tengo buena memoria.
-Ese cuéntaselo a otro, no cuela.
-¿Me lo vas a decir?-Digo apagando las luces y tumbándome con los pies en la almohada. Él la coge y se tumba como yo apoyando la cabeza en ésta.
-Calla, está empezando la película.-Lo miro con cara de asesina, pero el no lo nota por la oscuridad. Sonrío. Me vienen ganas de responderle algo ingenioso, algo con lo que no tuviera excusas, pero parece que siempre tiene algo para escaquearse.
-Oye… ¿Te levantas tú a coger el helado?
-Yo ya he ido abajo a cogerlo, te toca a ti.
-Mmmm, no tengo ganas.
-Pues no hay helado.
-¿Y la manta?, tengo frío
-Te levantas y la coges.
-Solo si me dices tu nombre.
-No me estoy enterando de nada de la película.
-Pero si aún están los extras.
-¡Shhhh!-Resoplo, sin duda no hay nada que hacer para convencerle. Será una noche muy larga.
-No es justo.
Una buena pregunta sería: ¿Qué estoy haciendo comiendo helado, con un chico del que no se su nombre, saltándome el toque de queda y tapada hasta la nuca con la manta de Justin?, pero como no me gustan las preguntas largas, les doy un rodeo y evito el contacto con ellas. Incluso ahora miro hacia la muñeca con la que el chico sujeta la cuchara del helado y me quedo estupefacta. Las coincidencias no existen, ni siquiera los métodos físicos podrían competir con la inmensidad del mundo, que cuanto más creemos saber de él, más mentiras aguardamos. Alimentamos nuestra imaginación creando nuevos límites que, al fin y al cabo, no son más que pequeñas satisfacciones soñadas. Y entonces es cuando te preguntas y cuestionas cuál es nuestro papel en la vida: si sólo somos adorno, si nos crearon para que acabáramos con el mundo, para destruir, para ser movidos como peones. Recuerdo que una vez leí o escuché una frase dicha por John Morley, era algo como esto:
"La deslumbrante naturaleza no es más que el telón de fondo del escenario, donde tiene lugar la tragedia del ser humano."
A estas altura de la película no me puedo echa atrás.
Pero no se por qué, apoyo la cabeza en la almohada y observo la pulsera de mi compañero brillar. Los ojos se me entumecen y los párpados me pueden. El niño del pijama de rayas ya no es el centro de atención, porque veo como una sombra se levanta y apaga el proyector, se acuesta a mi lado y se tapa con la manta teniendo cuidado con no destaparme. No se si todo era un sueño, pero si lo era:

-Por favor, despertadme. 
 
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Capítulo 6: El perro-lobo.

"No hace falta ser una casa encantada para sentirse hechizado. El cerebro tiene pasillos que superan el límite del espacio físico." Emily Dickinson.

No recuerdo cuantas veces me he saltado las clases este mes. Unas diez a lo mejor. Pero eso es lo mejor del segundo trimestre.
El bar de la esquina opuesta al instituto esta abarrotado de chicos y chicas de mi edad e incluso más pequeños. Pasamos de largo viendo a través de las cristaleras: Mesas llenas de jóvenes, unos llevan portátiles, otros un café en la mano e incluso dos chicas sentadas encima de sus respectivos novios.
La mochila se me resbala de un hombro y procedo a ponerme el asa bien, cuando una mano se acerca y me la pone. Recorro con la mirada la mano, el brazo, el hombro, el cuello y la cara de mi acompañante. Es castaño con ojos celestes, Nausi no se había equivocado en escoger. Sus dedos agitan el asa izquierda de mi mochila hasta ponerla bien, situada casi en la clavícula. Andamos algo rápido intentando llegar lo más lejos posible del instituto y saltando algunas calles por las que mi madre suele pasar a comprar. Los ojos se me empañan del frío y me coloco la bufanda encima de la boca. Cierro los ojos y me seco las gotitas saladas que éstos dejan al cerrarse. Mis manos están heladas, siempre me he negado a ponerme guantes, los odio. La carretera está algo vacía y supongo que es porque todos están trabajando. El chico tiene las manos metidas en los bolsillos de su sudadera y la nariz algo roja. No se me ocurre nada que hablar, pero no me molesta ese silencio, es más, me parece grato. Sé donde quiero ir, lo que de verdad no sé es si él me quiere acompañar. Me mira disimuladamente y yo sin querer a él también, el contacto visual nos obliga ha hablar.
-¿Qué tal?- Decimos los dos a la vez. Cuando nos damos cuenta agachamos la cabeza y perdemos el contacto. Una sonrisa se hace debajo de su bufanda azul marino y me devuelve la mirada.
-Entonces… con Justin ¿eh?
-¿Pero que le pasa a todo el mundo?, ¿No puedo enrollarme con alguien?- Digo sin mirarlo y pegándole petaditas a una piedra que rebota y luego vuelvo a alzar.
-No… solo que tú…
-¡Oh! Joder, no me digas tú también que soy una mojigata.
-No, en realidad iba a decir que eres muy tímida.
-No soy tímida. Pero tampoco me gusta enrollarme con el primero que encuentro, en su baño.- El chico suspira y baja la mirada a la piedrecilla que ahora se encuentra en su camino. Una patada, otra. Dos minutos interminables de silencio ensordecedor. Parece que le ha causado algo de corte lo que he dicho, pero yo no soy tímida. Solo directa, cortante.- Bueno…
-Por cierto, bonita entrada.- Comenta de nuevo mirándome y dejando atrás la piedra. Alzo la vista hacia él. Tiene los ojos húmedos del frío y ahora son más celestes que nunca.
-Ya…- Me sonrojo.
-Yo también veo CSI.-Dice sonriéndome.
El silencio nos lleva hasta la puerta de la biblioteca, el lugar de mi destino. Tengo varias cosas que cuestionarle a la bibliotecaria y otras cuantas a los libros. El chico me mira algo desconcertado, por su expresión no sabe si seguir hacia delante o quedarse conmigo. Le invito a pasar parándome en el porche de la biblioteca. Él me mira con media sonrisa.
El corazón debe de estar tan congelado que no siento las pulsaciones. La sangre debe de haberse atorado en alguna arteria. En ese momento algo brilla el la muñeca de el chico. Abro tanto los ojos que él lo nota, suspiro tan hondo que creo que me he tragado más de un bicho. Una O griega brilla como la mía en la muñeca derecha de él. Le cojo la mano y la siento congelada tal y como la mía. Observo que es realmente lo que pienso mientras él me observa con expectación. Cierro los ojos y me echo una mano a la cabeza.
-Vamos.- Lo llevo al interior de la biblioteca donde hace al menos 15 grados más. Me quito el chaquetón y lo coloco en el suelo al lado de mi mochila, mi acompañante hace lo mismo. No hay nadie como de costumbre.
-Si encuentras a la bibliotecaria avísame.- Le digo  introduciéndome en uno de los pasillos repletos de libros y observando como él se mete en otro. Durante el trayecto intento acordarme del nombre del chico. Recuerdo que me lo dijo Nausi, pero no consigo averiguarlo…
Los libros son tan viejos que si quitas uno de los de abajo, los demás seguirían incrustados como piedras.
Una mata de pelo se mueve al final del pasillo, una cola, y un hocico húmedo, gigante. Un pelo gris, negro y unos ojos tan azules que parecen casi incoloros. El final del pasillo de estanterías está la pared de madera muy antigua que no es la misma que la de la entrada. Me acerco poco a poco a esa criatura que más que un perro parece un lobo. Y es que era enorme. Sus ojos se clavan en mí y amistosa y juguetonamente mueve la cola de un lado a otro. Yo me paro en seco y espero una reacción del animal. Su lengua sale del hocico y sus orejas se alzan tanto como pueden. Sin más, salgo corriendo como si estuviera en un callejón de Nueva York y me persiguiera un asesino en serie. Sí, veo demasiados programas policíacos. La bestia me persigue y me pisa los talones mientras corro desesperadamente y gritando por todos los pasillos de la biblioteca.
-¡Joder, joder, jodeeeeer!
-¿Yanet?- Sigo la voz masculina que sale de uno de los pasillos mientras escucho sus pasos correr. Salgo del pasillo perseguida por la bestia y ésta seguida por el chico. Ahora todo parece tan patético. Una puerta de Madera con incrustaciones se alza ante mí y sin pensármelo dos veces entro a oscuras sin dejar pasar a nadie. No veo absolutamente nada más que la oscuridad más oscura que he visto, bueno que en realidad no he visto. Los ladridos lejanos del perro me hacen recomponerme del susto y jadeo agachada con las manos en las rodillas. Mi respiración es forzada. Cuando pasan diez minutos estoy lista para salir de nuevo. Busco el picaporte en la oscuridad y cuando topo con él lo giro sin emitir ningún sonido. Miro por lo poco que he abierto la puerta. Bien, no hay nadie. Me giro hacia atrás y veo sombras y siluetas de copas, escudos y una bola que brillaba y reflejaba la luz. Salgo despacio caminando hacia atrás casi de puntillas. ¿Y si el lobo se ha comido a el chico de ojos azules? ¡Pero que digo! Poco a poco camino dejando que la puerta se cierre sola. La madera chirria un poco con el contacto de mis converse mojadas. Una respiración acompasada respira detrás de mí y me topo con una pared acolchada a las espaldas. La respiración revuelve los pocos pelos que se han separado del moño y los choca contra mi nuca. <<No es el lobo, no es el lobo, no es el lobo>> me repito. <<¿Pero que coño hace un perro en la biblioteca?>> Todavía de espaldas toco con la mano una tela, tela vaquera. No era el perro. Suspiro hondo y me doy media vuelta. Unos ojos azules entrecerrados me miran y cuando me doy cuenta de la proximidad entre ambos me separo tocándome el pelo. Me percato de que jadea por haber corrido todavía, pero algo peludo detrás de él me hace retroceder.
-Tranquila, solo quiere jugar.- El perro-lobo está atado por una correa y ésta rodea la muñeca del chico.
-Vale, pues no me gusta ese juego.- Digo retrocediendo y chocándome con una estantería.
-Toma.-Me extiende la mano con la correa.
-¿Qué dices?, Anda vamos a coger los libros, otro día jugaremos al escondite con la bibliotecaria y su perro.-Digo dejando atrás al perro-lobo.
-Como quieras.- Dice alzando los hombros y agachándose. Apoya una rodilla en el suelo y le toca algo en el cuello del animal.-Adiós Rufo.-Yo que ya estoy adelantada en el mismo pasillo grito:
-¡Oh, vamos! ¿Le has puesto hasta nombre?-Resignada tiro hacia a delante y busco entre tantas estanterías. Me subo a una escalera para leer mejor los enunciados, ¿Qué estaba buscando en concreto? No lo sabía, tal vez un manual sobre la antigua Grecia. Y lo que tampoco sabía era, el por qué. La imagen de la pulsera de ese chico me viene a la cabeza. Me daban escalofríos recordarlo, será que se han puesto de moda. Ese es el por qué, es por la ignorancia, es por la furia de no saber lo que pasa a mi alrededor. Recorro con el dedo índice cada uno de los títulos de los lomos de los libros cada cual con su textura diversa. Uno en negro me llama la atención, pero no es lo que buscaba. La escalera no da a más y me bajo poco a poco.
-¿Se puede saber que estamos buscando?-Me dice el chico desde debajo de la escalera. Éste la sacude un poco y yo aprieto los nudillos agarrada a ella.
-¿Quieres dejar de incordiar? Casi mejor que te hubieras quedado con “Rufo”
-Solo pretendo ayudar, me debes una recuerda.- Dice señalándome mientras yo llego al último
escalón y me pongo de pie.
-Espera, espera, espera. Yo no te debo nada.-Le digo girándome y echando a andar por otro pasillo.
-Me debes al menos un gracias por haberte hecho salir de Bremen sin que te vieran,¿No crees?- Resignado por la ignorancia me persigue por los pasillos de ese inmenso laberinto. Seguidamente me dispongo a subir de nuevo por una escalera cuando un ejemplar cae a dos centímetros de mis pies. Un gran polvo se levanta y hace que me tenga que tapar la nariz y cerrar los ojos. Sacudo la mano delante de mi cara y cuando creo que el polvo ya se ha diluido bastante en el aire abro los ojos. Mi compañero se encuentra tras de mí con el lobo y juraría que hasta el semblante del animal es algo pálido. Hinco las rodillas en el suelo y me siento en mis pies. Paso la mano por lo que parecía ser el título del ejemplar. Solo que en lugar de unas cuantas letras, había una incrustación muy pequeña en el centro de éste.
Es extraño lo que se siente al descubrir que no eres el único al que interesan estas cosas. Ahora, el chico y el perro se sientan rodeando el libro y mirándome. No me interesa lo que están pensando sobre mi cara, mi palidez, mis grandes pupilas dilatadas, mis sonrojados pómulos y tampoco por el corte que me hice hace dos semanas en el labio y que siempre me cubro con maquillaje. El de los grandes ojos azules es el primero en actuar, el primero que dirige la mano hacia el candado que cierra el libro. Sus ojos se posan en mí, pero yo todavía estoy absorta por la pequeña incrustación en forma de O griega que encaja como si de un puzzle se tratase con mi pulsera y la del chico o con el colgante de Nausi. Las enarcadas cejas de éste le traicionan y descubro que está igual de desconcertado que yo.
-¿Y ahora?-Dice.
-¿Desde cuando tienes esa pulsera?- Le indico el pulso.
-Desde que murió mi madre.
-Oh, vaya...Perdón.-Aparto la mirada avergonzada.
-No te preocupes, fue hace mucho tiempo.
-Perdón por la insistencia, pero, ¿Cuánto tiempo?
- 14 años, casi 15. ¿Pero qué tiene que ver esto conmigo?-Dice cruzado de piernas en el suelo y señalando el libro. Me remango el jerséis y le enseño el pulso.
-¿Y conmigo?
El perro parece asentir y también mira mi muñeca. El chico se queda algo boquiabierto e incrédulo. La curiosidad de abrir el libro es enorme tanto por mi parte como por la suya. Siento como el mundo me tiene engañada, ¿Habrá algo de sobrenatural en todo esto? Todo lo que nos enseñaron desde pequeños, desde que los monstruos no existen hasta que me dijeron que Papa Noel eran los padres. Todo ahora me parece mucho mas frágil. Como un cristal, duro (Como lo es afrontarlo) y frágil (Como es equivocarte). Es una de esas situaciones en las que dices: <<No es posible>>, pero por entonces solo lo había dicho cuado uno de los chicos que me gustaban se enrollaban con una de mis amigas o cuando Lía no se hacía pipi en la cama.
Miro esperándome una respuesta del chico, pero al levantar los ojos me encuentro con la misma mueca que estoy haciendo yo. Un silencio incómodo se hace en la sala.
-Dime,¿Acostumbras a que se te caigan libros, que resultan tener un significado, a un centímetro de los pies?-Pregunta mi compañero de clases.
-Primero: Odio las preguntas largas. Segundo: No, claro que no acostumbro a eso.
-Entonces creo que debemos abrirlo.
-¿De donde sacas la conclusión?
-De que: Descubrimos que tenemos una pulsera que por casualidad es igual, un libro enorme vuela hasta tus pies y resulta que el colgante de las pulseras el una llave que abre ese mismo libro. ¿No crees que son demasiadas coincidencias?-Remata guiñándome un ojo.
-No, seguro que hay una explicación.
-Sí, claro que la habrá y a lo mejor la encontramos dentro de éste libro.-El perro ladea la cabeza.
-No pienso abrir ese libro.-Digo alzándome y sacudiéndome la ropa.-Y tú tampoco lo harás.-Digo ofreciéndole la mano. Él la rechaza y se levanta solo.
-No, yo no soy el único involucrado en esto.
-Tú, yo y Nausi.-Al chico se le pinta una sonrisa.-¿Te gusta eh?
-¿Quién?, ¿Nausicaa?-Ríe aún más-No, es que me estoy acordando de una cosa que pasó esa noche.-Pongo los ojos en blanco, recojo el libro del suelo y ando hacia la salida de la biblioteca acompañada de él.
-Ya... me lo imagino.-Digo pensando en Nausi y él pegados encima del retrete con las piernas entrelazadas y los labios juntos.-Bueno... en realidad mejor no me lo imagino.
-¡Que inocente eres!, no es lo que estás pensando.-El chico recoge su mochila del suelo y yo meto el libro en la mía. Se dispone a salir después de saludar a Rufo, cuando junta las palmas y entrelaza todos los dedos menos los índices y los pulgares. Sin más abre la puerta que estampa su frío en mi cara y grita.-¡FBI Miami, todos con las manos arriba!

 
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Capítulo 5: Cuentas.

 “Recoge las rosas mientras puedas; el tiempo no se detiene” Robert Herrick.

Un hombre que atraviesa a paso ligero la calle. Cuatro chicas que cruzan por el paso de cebra en fila india como si de los Beatles se tratase. Una mujer que corre con los cascos puestos y el perro tirando de ella.
Nausi ha fingido ponerse mala para faltar al examen de matemáticas, y ahora me toca coger el autobús para ir al instituto por primera vez en mi vida. Hasta hace tres días me había ayudado y corregido los errores de matemáticas, así que no creo que se haya puesto enferma por el examen.
El frío aire de febrero se esparce por mis fosas nasales congelándome la nariz que cada vez deja pasar más a éste y hace que llegue hasta la garganta congelando ésta también. Doy pequeños saltitos para entrar en calor bajo la parada del autobús rezando que por favor no me toque el conductor obeso de hace tres días. Llevo casualmente la pulsera extraña puesta desde que Nausi se puso el colgante. No sabía por qué pero ella tampoco se la quitaba y en esos tres días había sido como una marca de identificación.
<<Debería haberme puesto doble calcetín>> Susurro entre dientes tiritando.
El autobús llega con cinco minutos de retraso y vacilo un poco antes de moverme por miedo a romperme de lo congelada que estaba. El conductor me saluda con un gesto de cabeza y a mi me falta un empujón para caer al suelo de rodillas y darle gracias a Dios por no mandarme el estúpido obeso. Pero en vez de eso me limito a sonreír y pagar el billete. Camino hacia los asientos de atrás donde está parte del equipo de natación y baloncesto. La gente se gira para mirarme y no me extraña. No he ido al instituto en autobús nunca. Siempre nos llevaba Don Lour en una semi-limusina negra con cristales teñidos. Por fin en el asiento posterior diviso a Anabel y Medea sentadas delante del media plantilla del equipo haciéndome gestos y palpando el asiento de al lado para que me sentara allí. Sonrio despreocupada y asiento. Me quito la mochila, la pongo a mis pies y me saco el móvil del bolsillo trasero del pantalón.
-¡Temblad gente, ha llegado Yanet!- Una oleada de: <<¡Yanet!>> y <<Hola>> me inundan por detrás de mi asiento. Unos me tocan el moño, otros me dan en el hombro y otros me besan la mejilla. Luego recibo dos besos al mismo tiempo en cada mejilla, uno de Anabel y Otro de Med. Como si hubieran estado ensayando todo el día para eso.
-¿Qué tal el fin de semana con tus padres?-Le pregunto a Anabel. Ella le da un largo sorbo al café que lleva en la mano y pone los ojos en blanco. Med se lleva una mano a la boca y ríe bajito.-¿Qué?, ¿Me he perdido algo?-Vuelvo a decir mientras Anabel mira por la ventana.
-Se ha enamorado.
-¡¿Qué dices?! No es verdad.-Dice Anabel estirando el brazo por delante mía y dándole una pequeña bofetada a Med.
-Sí que lo es.
-Vale,-Digo agachando la cabeza.-sí que me he perdido algo.
-Lo más fuerte es que es de su familia.
-¿Qué?
-Sí, sí, como lo oyes.
-No es verdad, somos primos lejanos.
-¡Lo has admitido!-Dice Med como una niña pequeña señalando con orgullo a Anabel.
- Eres una pequeña embustera.
- Y tú una máquina sexual sin escrúpulos.
- Al menos no perdí la virginidad con Kent.- Kent era el típico modelo que sale en las televisiones todo musculazo y  Con venas por todo el cuerpo. El típico que usa bragas como bañador y se depila entero.
-Eres una Perra.
-Bien empezamos el día.-Digo poniéndome los cascos. De fondo se siguen escuchando a Med y Anabel soltando improperios e insultos cada vez más asquerosos. Pero me concentro en la música. Tengo que relajarme antes del examen. Suena “She will be loved” de los Maroon 5 y me entretengo silbando el estribillo o tarareando porciones de canción. Cuando ésta iba ha acabar Medea y Anabel me miraban y me daban golpecitos. Me quité los cascos y observé sus sonrisas exageradas. Frunzo el ceño e intento descubrir lo que quieren moviendo la cabeza. Resignada pregunto:
-¿Qué ocurre?-Medea me da unos toques con el codo en el costado y arquea las cejas. Luego miro perdida a Anabel que parecía que le hubieran dicho que esperaba un bebé.-¿Qué pasa?¿Vais a estar mirándome mucho más?
-Ya nos hemos enterado tonta.
-Tendrías que habérnoslo dicho las primeras.
-Lo siento, no sé de qué habláis.
-¿Cómo que no? Venga, si ya lo sabe medio Bremen.-Dijo como si el instituto Bremen fuera una ciudad.
-Ya sabes...-Dice acercándose y restregándose con mi hombro.-... Justin....
-¡Joder!-Pongo los ojos en blanco.
-¡Entonces lo admites, es verdad!-Dice Med señalándome.
-Sí, vale. Pero callarse.- digo mirando por encima del asiento para ver si está con el equipo de baloncesto. Nada. Uff.
-¿Y cómo fue?-Me pregunta Med. Siempre fue una de esas personas que preguntan lo que primero le sale, a veces queda bien. Pero otras ni siquiera le hacemos caso.
-Mmm...¿Húmedo?-Digo con media sonrisa. Con eso se da por concluida la sesión matinal de cotilleos.

Aunque no sabía todo lo que me esperaba esta mañana.

Las escaleras de la entrada estaban desiertas, y eso solo podía significar dos cosas:
-Que era sábado y me había confundido.
-Que llegaba tarde a clases y habían entrado ya todos.
Y quiero votar por que sea la segunda opción.
Subo rápidamente con la mochila y los apuntes de matemáticas en la mano. A segunda hora tendría el examen y esta primera hora la quiero pasar estudiando. Además,¿A quién le interesa Dante?
El pasillo está desierto, las taquillas cerradas y solo se oye el reloj y los pasos de los otros estudiantes que bajan del autobús y corren por las escaleras. No tengo tiempo para dejar la mochila en la taquilla. Corro resbalándome algo con mis viejas Chuk Taylor hasta llegar al aula de Historia y Filosofía. La puerta está abierta y el profesor de espaldas mirando a la pizarra. Un asiento esta libre al fondo de la clase y otro junto al lado del profesor. Si llego hasta el fondo corro el riesgo de que me pille... si me siento en primero fila, no podré estudiar. EL profesor termina de escribir y hace anden de dejar la tiza. Yo corro hasta el sitio en primera fila y pongo los libro en la mesa. Para cuando se ha girado el hombre, en la puerta ya solo queda un rastro de mi fragancia.
Suspiro.

O

Segunda hora. La profesora nos repite que solo se puede tener en la mesa un bolígrafo y la calculadora. Luego formula las típicas reglas de siempre:
-No mirar hacia cualquier lado que no sea el folio.
-Utilizar 3’14 como PI.
-No se pueden prestar bolígrafos.
-No se puede fallar en ningún signo. (Y ésta última la añado yo)

Una idea fugaz me recorre el semblante: solo cinco meses más e iré a la universidad.
Pero eso se desvanece cuando la profesora dice que giremos el folio. Una ecuación, dos, tres, cuatro... diez. Recorro el folio buscando cuantos puntos vale ese ejercicio... 2pts. Leo en una esquina. Bajo la mirada al segundo ejercicio, es un problema, puntos: 8.
Ese ocho me hace sentir algo de miedo,¿Pero a quién se le ocurre? Me da la sensación de que estuviera girando de que estuviera convirtiéndose en un ocho acostado. Y por ese detalle, empecé por ese. Era decididamente un ocho acostado, el signo del infinito.
No comprendo que es lo que ocurre, será la pura ignorancia que entonces ejercía. La mano se deslizaba sola por el papel dejando detrás números, símbolos. Mi mirada ni siquiera se paraba a verificar si era correcto lo que escribía. Las personas no alzaban la vista por temor a ser pillados. Detrás de mí un imbécil no para de darme cogotazos para que le pasara alguna solución. Levanto el dedos corazón hacia atrás sin que la profesora me vea y se lo muestro a Mister cogotazos. Mientras mi otra mano no deja de escribir, los números se mezclan con las letras, algunas me parece reconocerlas, pero no son las normales.
La campana suena anunciando el final de examen. La gente se precipita a dejar sobre la mesa de la profesora el folio. Algunos lo entregan en blanco, otros con poco escrito. Este ha sido uno de los exámenes más difíciles, comprendo a Nausi. Recojo lo que a mala pena sé que es y lo pongo en la esquina de la mesa de la profesora. Salgo con la mochila cogida del hombro.
Se acabaron las clases por ahora. Sé exactamente donde tengo que ir.
Salgo al pasillo donde la gente espera que venga el profesor de la hora siguiente. Unos están apoyados en la pared, otros sentados en el suelo y otros pidiendo los deberes a los más listos. Un chico se acerca y me da un golpe en el hombro. Me giro instantáneamente con ganas de pegarle y decirle que no me haga perder el tiempo. Pero las palabras dejan de fluir después de maldecir  ese tempismo. Me topo con una media sonrisa y unos pelos algo despeinados.
-El de Historia está a punto de llegar, no vas a poder escaquearte.
-Si pierdo el tiempo aquí contigo sí.- Digo poniéndome de nuevo en marcha. Es el mismo chico que vi con Nausi en el baño hace tres días, pero hago como si no me conociese. Por el pasillo de la derecha veo al profesor llegando a clase y me doy cuenta de que lleva razón. Pero una mano aferra la mía.
 -Sé por donde ir.
Corremos.

 
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capítulo 4: "Magia" no existe en mi diccionario.

"Y de la oscuridad surgieron las manos que hay en la naturaleza y dan forma a los hombres." Alfred Lord Tennyson.

Sentada en el sillón blanco de terciopelo de mi cuarto, espero que Nausi llegue con sus típicas frases despectivas y amenazantes y sus falsas promesas de castigos. Encima de la mesilla está el libro de letras doradas. En realidad no sé ni como esa vieja mesa lo puede sostener. El reloj marca las once de la noche. Estoy sentada con una pierna recogida entre mis brazos y la barbilla apoyada en ésta. Una de mis manos juega a desformarme la cara estirando los mofletes o juntándolos tanto que mis labios quedan con un aspecto similar a los de un pez. Mi mente se distrae mirando la neblina que cubre el cielo y que no deja ver ni una estrella suspendida en él. Mi estómago ha dejado de dar la lata, mi cerebro ha pulsado el pause y mi corazón es lo único que escucho.
Ahora mi pierna derecha se une a la otra para se nuevamente rodeada por mis brazos. He llegado a dos conclusiones:
-Si Nausi dice que no puedes entrar al baño, es que no se puede.
Y la segunda:
-Pon la mesa siempre si no quieres discutir con tu hermana y quedarte sin comer.
La ausencia y tardancia de Nausi me hace ponerme nerviosa. ¿Pero que demonios...? No me da tiempo ha terminar de formular mi pregunta imaginaria. Cuando giro la cabeza unos pelos rubios están apoyados en el marco de la puerta de mi cuarto con los ojos inclinados hacia abajo haciendo que se viera solo la perfecta sombra dorada. Un codo apoyado en la puerta y un tobillo cruzado detrás del otro. Un semblante algo pálido, parecido a la cera de vela. Sin poros.
-¿Qué mosca te ha picado?-Rompo la ausencia de palabras.
-¿Y a ti qué mierda te importa?-Dice ella ratificando con un gesto con la mano. En cierto sentido era verdad. Cada vez que encontraba a Nausi en cualquier habitación de la casa con un chico, me limitaba a cerrar la puerta y encerrarme en mi cuarto. No entiendo por qué esta vez es que ser diferente.
-No puedes andar por la casa como si no existiera nadie más.
-Es mi casa. Eres tú la que no puedes andar como si nadie existiera.-Dice sentándose en mi cama. No grita. Sólo a dicho unos cuantos improperios contra mí y ha amenazado con expulsarme de su casa.-¿Qué te pasa? Estás como que no estás.
-No me pasa nada.-Digo sentándome a su lado. Dos minutos de silencio.
-¿Qué es eso?-Dice señalando mi muñeca. Sé exactamente a lo que se refiere. Nunca me pondría algo así.
-Una pulsera, eso que se pone la gente que le rodea la muñeca y que...
-Sé lo que es. Pero es horrenda.-Hago una mueca con la boca.
-Quería salir de lo corriente.
-¿Dónde lo has comprado?
-Me lo ha dado la bibliotecaria.- Estaba claro que no podría contarle exactamente lo que había ocurrido.
-Que cutre. Espera.- Se levanta del colchón haciendo que rebote algo. Sus pantalones cortos están subidos de tal manera que parecían culotes y sus uñas de los pies rojas le contrastan con la pie pálida. Sale del cuarto moviendo sus caderas y en segundos llega de nuevo al cuarto con algo entre las manos. Se sienta a mi lado con las rodillas recogidas por uno de los brazos, el otro que está al lado mía me extiende una cuerdecilla. La cojo con dos dedos y la alzo para ver lo que cuelga de ella. Un escalofrío me recorre la espalda y miro a Nausi con una ceja enarqueada y los ojos muy abiertos.
-¿Dónde lo has encontrado?
-Me lo dio mi padre cuando era pequeña.
-Es idéntico.-Digo acercando mi muñeca al colgante de Nausi. Debe ser una coincidencia. Que Nausi haya ido a la biblioteca de pequeña, lo haya perdido y le hubieran regalado uno igual. ¡Pero qué digo!, ¿Nausi en una biblioteca? Ni de coña. Esto debía ser una broma o algo, que Nausi y la bibliotecaria se hubieran puesto de acuerdo.
-Creo que me lo dio con tres años. No sé, se lo voy a preguntar.-Pone una pierna en el suelo y hace anden de irse, pero yo le agarro del brazo y mira hacia abajo.
-No le digas nada.
-¿Qué?
-Que no digas nada.-Dije con el semblante algo pálido. Espera la respuesta de Nausi, pero en vez de ello me encontré su mano cogida a la mía. Y entonces recordé el primer día de instituto:

“hacía algo de calor y era normal porque estábamos a mediado de septiembre. Don Lour se ofreció para acompañarnos en el descapotable del padre de Nausi. Teníamos doce años y nos habían contado mil y un millón de mitos sobre el instituto, y como era comprensible, nos creíamos todo. Por mi parte me resistía a creérmelo, pero no me podía contener cuando Nausi llegaba a casa gritando: <<Me han dicho que si los profesores se portan mal con nosotros podremos pincharle las ruedas a sus coches>>. Yo sonreía admirando lo infantil que todavía era y le decía <<¿Y como sabrás cual es el coche de cual?>>. Es impresionante como la vida te da tantas vueltas y vueltas y como la gente empieza a contar cosas y acabas diciendo la contraria, porque cuando llegamos a ese lugar del que todos nos habían hablado nos quedamos de pie en la acera esperando que algo pasara. Y nada. Un grupo de chicas se reían sentadas debajo de un roble. Otro grupo de góticos escuchaban música punk, agitaban los negros pelos y levantaban la mano con el índice y el meñique alzados. Los chicos del equipo de baloncesto salían del autobús con una pelota debajo del brazo y pegándole cogotazos al de delante. Unas chicas de primero algo más arregladas de lo normal daban saltitos al ver salir al nuevo equipo del autobús y las que estaban debajo del roble las miraban y se reían disimuladamente de ellas. Yo me miré de arriba hacia abajo. Llevaba unos pantalones cortos negros, una camiseta de tirantes y encaje blanca, mis desgastadas converses y la mochila de cuadros de colores. Luego sigo mi brazo y mano agarrada a la de Nausi y la miro a ella: Lleva una camiseta con exagerado escote blanca,(Tanto que su larga melena se le metía por él) Unos pantalones largos apretados y adornados con un cinturón Tiffany, sus botines Hogan que le subían cinco centímetros más y su mochila blanca y negra a rayas. Un peligro para todo aquél que se le oponga. Pienso en la suerte que tengo de tenerla como amiga. Sin ella solo sería un fantasma. Admiro su larga melena y pienso en lo estúpida que debo ser luciendo ese destartalado moño que siempre recoge mi pelo castaño. No me hacía falta ponerme tacones para superar a Nausi, siempre fui más alta que ella, aunque también mas ancha.
Una de las chicas del grupo de primero se acerca a nosotras con aire despreocupado y mirando de vez en cuando a las demás sonriendo. Lleva una camiseta de manga por el codo, una falda de cuadros rojos y tacones de cuña. Va sonriendo maliciosamente. Lleva un vaso de café del starbucks en las manos, lleno. La chica camina torciéndose los tobillos y ladeándose un poco, pero esto parece no interesarle. Una vez que llega a la acera donde nos encontramos Nausi y yo se apoya en un pie y flexiona el otro dejándolo descansar. Suspira y pregunta: ¿Qué hora será? Se mira un reloj imaginario en su muñeca, la misma que sujetaba el vaso y que al “ver la hora” se ha derramado en las carísimas Hogan de Nausi. Yo siento como me aprieta la mano que me tiene dada. Luego se gira hacia la chica que suelta un exagerado <<Ups>>. Nausi hierve de rabia y le dice:
-¿Has estado ensayando esto delante del espejo?
La chica algo decepcionada porque creía que habría obtenido la última palabra, vuelve caminando igual de torcida que antes a sus amigas y cuando llega se hecha a reír. Yo que no le he soltado todavía la mano a Nausi se atraigo hacia mí y le digo:
-No le digas nada, no vale la pena.
Y así todas nuestras dudas se resolvieron el primer día de instituto. Al fin y al cabo, habíamos esperado esto con ansia y ahora todos nuestros mitos colgaban de una esperanza aún mayor.>>

Dejo de apretarle la mano a Nausi y cojo el libro y el cuaderno de matemáticas. Ella me mira con cara exhaustiva y como queriéndome decir todo con solo soplar y resoplar. Sabe que como no empiece a estudiar se quedará atrás. Su media de notables no se debe a su cociente intelectual, si no a una personita llamada Hilary que se sienta delante suya. Le tiro de la manga de su sudadera y hago que se tire al suelo conmigo. Abro el libro y busco el tema de sistemas y ecuaciones.
-Eres una mojigata.
-Oh, no. ¿Tú también?-Digo apuntando una ecuación en mi libreta.
-Sí, tendrías que soltarte algo la melena.-Dice cogiendo una hoja y apuntando la misma ecuación que yo.
-¿Y parecerme a ti? Paso.
-No, lo dio literalmente. Tienes el pelo siempre recogido.-Dice manoseándome el pelo.-Y parecerse a mí no es malo.
-No, pero prefiero tener algo de personalidad. -Se encoge de Hombros.
-¿Crees que el chico ese se ha quedado traumatizado?
-¿Quién, Alex? No, yo creo que incluso le has caído bien.-Se ríe.- Bonita entrada eh.
-¡Cállate subnormal!-Le pego un coscorrón. Y me echo a reír. Ya se me había olvidado lo patética que tendría que haberle parecido. Seguramente se ha traumatizado. Seguro no, se ha traumatizado. La he fastidiado.
-¿Cuánto te ha dado?-Me dice Nausi señalando el ejercicio con el boli.
-Mmm... No me da.
-Esto es un más.-Me dice alargando el brazo y dibujando una rayita vertical encima de la horizontal.
-Mira la pequeña Einstein.-Le digo subiéndome encima de su espalda tumbada. Ella se ladea y rueda por el suelo. En su Cuello brilla el amuleto con esa especie de O sin acabar.
Solo es una coincidencia. Me repito.
Pero a lo largo de la noche llegué a otra conclusión:
-La vida es como las matemáticas: si te equivocas en un signo, la has fastidiado para toda tu vida.

Lo que aún no sabía era que existían las excepciones.
 
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Capítulo 3: Tired of drama.

“Si exagerásemos las alegrías como hacemos con las penas, nuestros problemas perderían importancia”  Anatole France.

Entro dejando atrás a Líala revolviéndole el pelo corto y rubio que tiene. No es más que una mocosa de nueve años con barriga regordeta y ojos azules.
-Lía, te he dicho millones de veces que no le digas mamá.- Le digo mientras pongo la mochila en el sillón del salón. Ella infla los carrillos y arruga la boca dejándola en morritos. Sin decir nada más, se marcha. Yo suspiro mientras le sigo dando vueltas a lo ocurrido veinte minutos antes. Estoy agotada y no sé por qué.
Subo las escaleras de mármol que se encuentras al final del pasillo al lado de un enorme reloj de péndulo que siempre suena a las dos de la mañana y me despierta. Siempre me pregunto por qué no lo cambian, pero un motivo habrá. No le doy más vueltas. Pero recuerdo cuando Nausi y yo hacíamos los deberes escondidas en el trastero de debajo de la escalera, al lado del reloj y nos encantaba oír como los únicos que siempre nos encontraban eran los <<Tick, Tack>> . Por supuesto, nunca acabábamos de hacer los deberes.
El único libro que subo y sin saber por qué, un poco a escondidas, es el de las letras grandes en dorado desgastado. Entro de puntillas en la cuarto de Nausi. Bien, no está.
Me tiro en la cama y me quito los zapatos: El primero ayudándome de la punta del otro pie y el segundo igual. Abro el libro por donde iba. Era bastante antiguo, con dibujos hechos a mano, signos griegos, letras en el mismo idioma y versos y poemas. También era bastante absurdo que yo me interesara a ello. No lo había hecho en mi vida, ¿Por qué empezar ahora? Era otro misterio como el del reloj de péndulo. Mis ojos corrían por el libro de izquierda a derecha, llenos de emoción en cada renglón que terminaba. Era como si una llama me estuviera ardiendo dentro y amenazara con quemarme, con dejar salir lágrimas. Estaba tan inmersa en ese libro que sin darme cuenta ya iba por la página número 1945. No era una novela, ni reciente. Era una especie de mito griego. Leo todo lo rápido que puedo, enterándome de cada palabra y de su sentido como si mi vida dependiera de ello. No podía dar cabida a lo que me sucedía. Las palabras no fluyen, he parado ya hace un rato de leer entre susurros. El libro me ha dejado sin aliento. No por la escritura –Porque de ella hay muchos conceptos que no me quedan claros-, si no por la intriga, el relato en sí...
Le estaba perdiendo el hilo, me estaba topando con personajes que no sabían quienes eran ni qué hacían. Cerré el libro. Página 3000. Los clips estaban esparcidos por la cama, pero al menos las páginas se habían secado. Me pongo los culotes y una camiseta de tirantes a pesar de estar en febrero en la mansión Iulius siempre hacía calor debido a las chimeneas que rodeaban cada uno de los siete salones. Bajo descalza deslizándome por la barandilla de la escalera de mármol. Entro en la cocina y allí encuentro a Ágata y Líala. Mi madre está haciendo la cena, hoy toca carne a la brasa con patatas en cebolla y aceite, y como no, el yogurt de postre. Es tradición el yogurt, sobretodo ahora en invierno. Es normal, en una familia medio griega tendría que ser el yogurt el primer plato. Mi madre se acerca a Lía y le dice algo en el oído. Seguidamente se me acerca y me dice:
-Mamá dice que pongas la mesa.-Me quedo con cara interrogante. ¿Desde cuando soy la nueva camarera personal de mi madre? Para eso estaba Don Lourdes. Sí, tiene nombre de tía.
-¿Y Don Lour?
La pequeña cabeza rubia se zarza entre mi mano que antes le cogía del hombro y se marcha hacia uno de los salones internos de la casa. Suspiro, pongo los ojos en blanco y empiezo a coger la cubertería y el mantel. Dos tenedores, dos cucharas, dos cucharitas, dos cuchillos.¿Por qué coño hace falta tantas cosa? Yo por mi comería con las manos. Voy al frigorífico y pego un saltito antes de abrir la puerta. Es una manía que tengo desde que Nausi me dijo que abrir el frigo con los pies descalzos en el suelo es malo. Y terca como yo sola, en vez de ponerme los zapatos doy un salto para no estar en contacto con el suelo. Lo sé, es una gilipollez. Mi madre no se ha girado desde que Líala se ha ido. Saco las aceitunas del frigo, paté y una tabla entera de quesos. Buag, que peste.
-Ya está, ¿Llamo a los demás?
-Descuida, ya lo hago yo.-Dice mi madre dándose la vuelta por primera vez para mirarme y secándose las manos con un trapo.-Anda, has puesto la mesa.
-Sí...Lía me dijo que...-¡Será mocosa! Esa chica no es tonta. Mi madre ríe por lo bajini. ¿Cómo he podido caer?- Me dijo que le habías dicho que pusiera la mesa.-Digo y salgo de la cocina dejando a mi madre negando ligeramente con la cabeza. La voy a matar.
La cabecita rubia se ve muy poco desde detrás del sillón blanco de piel. Está sentada de espaldas a mí viendo como las llamas del fuego de la chimenea chasquea. Voy corriendo con los puños cerrados y los nudillos blancos y me sitúo frente a ella con el ceño fruncido. Le lanzo el dedo índice a dos milímetros de su cara.
-Tú. Eres una maliciosa.-Lía se queda mirando el dedo y luego aparta de un manotazo mi brazo que yo recojo.-¿Pero quién crees que eres para darme órdenes y mal gastar mi tiempo?
-Eres una mojigata.
-Y tú una estúpida niñita de mamá.
-¡Dijiste que no la llamáramos así!-Dice ella ahora de pie en el sillón, apenas me llega por la barbilla.
-¡No mientras que estemos aquí y ella esté trabajando!
-¡Ella siempre estará aquí, Yanet!, ¿No le vas a llamar mamá en toda tu vida?
-¿¡Qué tiene que ver eso con que tu seas una mocosa aprovechada!?-Le digo acercando mi cara y poniendo los brazos en jarras.
-¿¡Ya vale no!?-Las dos giramos la cabeza a la vez hacia la puerta doble que está abierta de par en par. Allí de pie todavía con el trapo en la mano se alza la criatura mas potente, según yo, de esa casa.-La dos a la cama, y sin comer.-Dice bajando la mirada y haciendo anden de irse.
-Pero...-Decimos Lía y yo a la vez.
-No hay excusas.-Me tiro en la alfombra boca arriba con las rodillas flexionadas y las manos en la frente. Tras eso mi madre se va y cierra la puerta de la cocina.
-¿Porqué eres así?-Le pregunto a Lía. Pero al alzarme para mirar al sillón, ella no estaba. Miro a un lado y al otro para ver si se ha escondido. Pero de un vistazo descubro que no, ya que cuando lo hace se deja medio cuerpo fuera del escondite.
Uff.
Subo escaleras arriba. ¿Dónde se ha metido Nausi?
La escalera me deja en medio del pasillo. Pero en vez de tirar hacia la derecha para mi cuarto, echo a andar hacia la izquierda para ir al baño. Los cuadro de paisajes marítimos rodean todo el pasillo pintado de un celeste como el de los días de neblina. Las mesitas también a tema con el océano sujetan jarrones de flores preciosas y cuidadas expresamente por mi madre. Hacía ya siete años que trabajaba allí. No como camarera, si no como cocinera profesional. Las flores no eran su trabajo. Pero le gustaba hacerlo. A cambio de eso, El señor Iulius nos dejaba vivienda, comida y todos los servicios que nos hicieran falta. Como es de imaginar, todo se debe al cariño que nos tiene a pesar de que el señor Iulius no sea muy compasivo, le parecimos personas civilizadas. Llego al baño y giro el picaporte de la puerta. No se abre. Enarqueo una ceja. Doy dos portazos. Una voz melancólica y dulce se escucha desde dentro.
-¿¡Nausi!?-No contesta, ahora grita más alto.-¡Nausicaa! Abre la puerta sirena.-Tras más de dos minutos en la puerta esperando una señal contesta.
-Yanet, no puedes entrar ahora.
-¿Cómo que no, Nausi?, ¡Llevo como cinco minutos esperando!, ¡Me estoy meando!
-Lo siento, mira en el jardín, hay mucho arbustos por allí.
-Te falla algo en la azotea.
-Que no, venga.
-¿¡Qué dices!?, ¿Quieres qué se me clave una rama en el culo?-Se escucha una risita que hace que yo también ría.
-Lo siento pero no puedo levantarme ahora, intenta tirar abajo la puerta.-El pestillo chasquea y da señal de que ha quitado la protección. Sin más me meto en el papel de Orazio en el C.S.I. Miami. Abro la puerta con los dedos en forma de pistola.
-¡FBI Miami, todos con las mano en alto!- Y ojalá no lo hubiera hecho.
La ventana estaba abierta de par en par, por ella entraba el aire más parecido al hielo que había sentido nunca. Un chico que me parece recordarlo del equipo de Baloncesto estaba sentado en la tapadera del retrete y Nausi sentada al contrario de él con las piernas abiertas y semidesnuda. En ese momento se me cierran los ojos y se me entre abre la boca, dejo los dedos en forma de pistola y los nervios, traicioneros como ellos solos, me recorren desde la cabeza a la punta de los pies Sintiendo como millones de hormigas me caminan sobre mi piel y dentro de mi cuerpo. Por fin reacciono y una risa se escucha desde detrás de la capa que cierra mis ojos. Los abro y veo como el chico sonríe y se pone la camiseta, dejando ver su perfecto cuerpo deportivo, sus amplias espaldas, los pectorales marcado y los músculos en forma de V que se esconden debajo de los bóxer. Me mira con una Sonrisa burlona y algo fugaz. Luego me llevo la mano a la cabeza y salgo de inmediato.
Ya no siento ganas de ir al baño.
Tengo los ojos abiertos e para en par y la sonrisa de ese chico incrustada en el cerebro, en el corazón y en los nervios traicioneros.
El estómago me suena. Parece que él también tiene incrustada esa sonrisa.
Sí. En efecto.
Mariposas en el estómago.
 
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