Capítulo 24: Drakos I


“Si ha de haber conflictos que sea mientras yo viva, que mi hijo pueda vivir en paz” Thomas Paine.


-¿Necesitáis algo más chicos?- Rosanna, la mujer de Lyell dejó sobre la mesa una bandeja de tazas con té de eucalipto con un aspecto verde agua de pantano. Negamos todos con la cabeza observando algo asqueados el panorama.
Duque había decidido pedir alojamiento al señor Lyell dado que su amabilidad le salía por un ojo de la cara y de eso, Duque, se había percatado.

-Siento que tengáis que iros sin solución a vuestros problemas, a veces la gente no sabe de lo que quejarse.- Miro con el ceño fruncido el armario dónde Lyell había guardado a la cabeza.
-No importa Rosanna, nos hacía falta una casa, después de estar tantos días durmiendo a las afueras.
-Yo necesitaba más un baño.- Dijo Nausi en voz baja. Le metí un codazo en el costado y sonreí a la señora Lyell.
-Lyell está preparándoos las camas, siento que tengáis que dormir en el establo, pero miradlo por el lado positivo, al menos los caballos echaron a volar en la estación fría, emigraron a Chaosis. – Recuerdo el día en el que Duque y yo nos sentamos a hablar de nuestro ‘don’. Para entonces no había mal que viera en él. Ahora todo el diferente.

Ω
El establo se dividía en dos plantas, la segunda más pequeña que la primera, pero mucho más acogedora. La madera emanaba calor y el viento silbaba por debajo de las cancelas. El establo no olía mal, es más, era el olor más familiar que había olido desde que dejé Arriba. Apenas podía ver a Nausicaa tumbada a mi lado, bajo la única luz de una lámpara de aceite. La miré, con sus ojos cerrados pero no apretados. Los dejaba descansar bajo la fina tela de los párpados. Me preguntaba si se daría cuenta de que la estaba observando fijamente.
Abajo, en un mar de paja y sobre una tela gruesa descansaba Alex, acurrucado y levemente temblando. Esta vez sabía que no era por culpa del frío, era como si pudiera ver dentro de él. Y es que dentro de él algo estaba cambiando, se estaba consumiendo, se estaba muriendo lentamente. Sentí unas enormes ganas de estrangularme, de ahorcarme, sentí una especie de malestar en mi interior. Era mala, soy mala. Alex estaba consumiéndose. Y yo sabía el porque. Y yo no sabia cómo detenerlo.
Abrí la mochila de Alex, la cremallera pequeña aún doblada por la rama que Nausi entrelazó en el sabotaje. Ahí estaba, un cúmulo de materia mágica. Y era mi materia mágica. Brillaba más y con un color diferente, era azul. Un azul intenso, añil.
Desencajé el gesto. Mis dedos temblaban y la bola botó rodando hacia abajo. Me incorporé corriendo y bajé por la escalerilla de madera siguiendo la luz que transmitía. Sin embargo cuando llegué abajo la luz había cambiado de nuevo. Ahora era verde. Fue rodando hasta las cancelas hasta que su color cambió a amarillo. Me agaché extrañada. Y cuando me puse de nuevo de pie con la bola en la mano pegué un grito.
Había una cara muy familiar justo en frente mía, tanto que tuve que bizquear par poder verla con claridad. Tenía un aspecto blanquecino, frío y sólido. Sin embargo no había alguien que pudiera hacerme sentir tanto calor por mi cuerpo:
-¡Mamá!- No le había llamado así desde que llegamos a Iulius y ahora me sentía renacer, sentía el calor de la bolsa que me rodea, la sangre al nacer en un proceso lento, pero esperanzador. Abracé la figura de mi madre y ella me respondió.
-Mi niña. Te he echado de menos.- Dijo con sus manos rodeando mi cara.
-Quiero salir de aquí, llévame contigo. Vamonos a casa. Quiero irme mamá.
-Pequeña, créeme que quisiera que fuese así. Pero no puedo hacerlo.- Las lágrimas empezaron a traicionarme.
-¿Y qué tengo que hacer para marcharme, no hay otro camino?
-No podemos hacer nada.- Me puso un mechón por detrás de la oreja.- Tu ves el futuro, el pasado y vives el presente. El pasado no lo podemos tocar, pero el futuro podemos modificarlo. Cuida tu presente, haz lo que creas necesario para salvarte, así es como repercutirá en tu futuro.
-No lo entiendo.- Me estremezco y continúo a llorar.- Alex está perdiendo sus fuerzas y Nausicaa es la única en la que puedo confiar. Duque y Bruna…- Miré hacia abajo.
-Lo sé.-Me alzó la barbilla y me miró a los ojos.- Nada es lo que parece, aquí todo tiene una historia. Y quieras o no, ella es tu historia… y la mía.- fruncí el ceño.
-¿Ella? Quién es…- Paseé los ojos de un lado a otro pensando.- Izael… -Afirmó con la cabeza.
-Concentra tu materia en ella, es astuta, tiene poderes. Pero tú tienes más. Y sobre todo: Confía en ti  misma, sólo en ti. Necesitaréis ayuda.- Me abrió la palma de la mano e introdujo algo en ella.- No dudes en usarlo.- Un cilindro pequeño de metal brilló en mi mano. Era un silbato, parecido al de los perros. Dorado. Sacó un frasco pequeño de su bolsillo con un líquido purpúreo.- Dáselo a Nausicaa, dile que su padre está muy satisfecho de ella.- Miré a Alex y mi madre sonrió levemente. Parecía percatarse de todo lo que no me había percatado yo en tantísimo tiempo.- Lo siento hija. Tú sabes cuál es su cura. No es nada que te pueda dar yo.
-Pe…Pero…-Balbuceé.- ¿Morirá?-Mi madre miró hacia abajo.
-No le queda mucho tiempo. Pero eso está en tus manos, tú puedes manipularlo. Recuerda que puedes cambiar el futuro. No te rindas hija.
-¿Y a ti?, ¿Qué te pasará?, ¿Cómo está Iulius?, ¿Y mis amigas?- Atisbé la duda en su cara.
-Yo estaré bien.- Apartó la mirada.- Tus amigas piensan que estáis en Ámsterdam, estudiando.
-¿Y el padre de Alex…?
-Está bien.
-Mamá…No te vayas aún.- Gemí.
-Yanet… Cuídate.- Fue desvaneciéndose de pies a cabeza, en polvo. En ceniza.
-Te quiero mamá.-No sonó realmente. Fue un susurro, como esos que se reescuchan millones de veces en mi cabeza, como la voz de Nausi, o la voz de Duque. Esa voz que parecía emerger desde debajo de una almohada y que gritara, ahogada.


Ω

Pataleaba.
Relinchaba y daba puñetazos contra el suelo. Se doblaba del dolor o de lo que fuera aquello. Eran espasmos muy intensos. No sabía aquello que hacía ni aquello que le estaba ocurriendo. Tenía algo en la garganta y en el estómago que bloqueaba su riego sanguíneo. La pulcritud de su joven rostro estaba desvaneciendo. Las heridas con las que llevaba conviviendo todo este tiempo se cerraban, estaba cicatrizando. Por un momento pensó que todo acabaría, que estaba curado. Y entonces notó un crujido, dentro de él. Se sentó contra la pared. Casi no se dio cuenta de que la puerta de su celda se abría, despacio, silenciosamente.
Su silbido era conocido por todos, esa especie de lamento en el que siempre andaba envuelto. Ese aura elegante y a la misma vez demoníaca.
-¿Lo sientes? Está dentro de ti.
-Creo que si.-Contestó el joven entre suspiros.
-Siempre lo he sabido. Blacke era como tú.- El joven se limpió el sudor con la manga de la camisa dejando ver en el dorso de su mano el símbolo inequívoco de su raza. Los Dracos.- Fue mi servidor, él sabía que vendrías y tú también lo sabías. Lo has visto en tus Ilusions ¿Verdad?
-¿Dónde está Blacke ahora?- Su caja torácica se hinchaba y se deshinchaba repetidamente.
-Se fue... no quiso pertenecer a nuestro grupo...
-¿Qué grupo?
-Aquél que será en el futuro la nueva Orden ¡Hicimos un trato!- Gritó aquél ser sepulcral.- Él quiso marcharse, pero a cambio me prometió que un primogénito suyo volvería para servirme y que éste, poseería más poder que él.
-¿Lo dejaste ir?, ¿¡Por qué dejaste que se marchara!?- El joven escupía las palabras.
-Ahora no lo necesito... Te tengo a ti...- susurró lo último. – Serás mi venganza.
-¿Si hago lo que tu dices... Encontraré a mi padre?
-¡No estás aquí para chantajes!, ¡Estás aquí para cumplir la promesa!: ¡Eres la deuda que estaba ansiando cobrar!- Rugió ante su cara manchada de hollín.
-No lo haré, estoy seguro de que pierdes mucho más de lo que ganas si me dejas ir.- Se puso de pie con la camisa desabrochada y la cara fulminante.
-Yo. No. Te. Dejaré. IR.
Con un golpe seco introdujo sus garras en el pecho del joven, en el lado izquierdo. La sangre no emanaba, pero poco a poco el chico iba retorciéndose más y más. Gritaba, aullaba. A medida que el ser sacaba la mano, un haz de luz relucía desde ella. Cuando la hubo sacado por completo, el chico cayó al suelo.
-Ahora no podrás escapar, estás vinculado a mi por tu corazón. Esta es la mitad que deberías haber compartido con tu dragón. Hasta que no cumplas tu deuda, no tendrás tregua.- El ser se fue fluctuando de la celda y cerró no sin antes aclarar:- De ahora en adelante, te llamaras Duque. Como Tu padre: Blacke Duque.

 


 
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